El legado del Instituto Pedagógico

Un alma mater en la que varios personajes panameños se formaron llega a su fin. Debbie Kuzniecky relató cómo se fundó.
Salem Kuzniecky tenía un sueño, una idea, una esperanza. Educador de nacimiento y  de pasión, no había nada que lo moviera más que cumplir su sueño:  forjar generaciones enteras de jóvenes  y, lo mejor, poder hacerlo a su manera. Esa pasión hizo que pudiera mover fronteras y montañas, literalmente, pero principalmente tener una persona al lado de él como Sarita, su esposa, que le permitió hacerlo. El dicho detrás de cada gran hombre hay una gran mujer aplica a este caso. 
 
Era el año 1960 y Salem, originario de Argentina, buscaba un espacio para montar su propia escuela, el Instituto Pedagógico, y lo encontró en Las Cumbres, no solo un terreno, sino un refugio. Sarita contó que  Salem era tan inquieto y  apasionado que  logró en menos de 18 meses no solo encontrar el terreno, sino construirlo, conseguir sus primeros estudiantes, maestros, algunos traídos desde Europa, materiales y equipos, y el 2 de mayo de 1961 inició el primer día de clases; el sueño se había materializado. 
Lograr todo esto fue rápido, mas no fácil, y su esposa, Sarita, estuvo a su lado todo el tiempo. “Desde ir a comprar las telas de los uniformes, coser las bolsitas de materiales de los niños de kínder, buscar  las ollas en Salsipuedes hasta cocinar el primer arroz con pollo  y manejar la oficina que teníamos en el edificio Las Vegas era parte del trabajo que me tocaba.... y lo hacía con gran emoción”, comentó Sarita. “No había día libre, desde las 6 a.m. podían llamar que algún bus se había dañado,  los domingos íbamos a pasar el tiempo en la escuela, era nuestra casa. Pasaba  tiempo entre la oficina y la escuela, en esos tiempos llegar a Las Cumbres era superrápido”. Y más vale, porque al iniciar la escuela la familia Kuzniecky contaba con 3 hijos, el más chico tenía  2 años. 
 
El Instituto Pedagógico fue el primero en su clase. Una escuela que enseñaba  Danza Clásica o Ballet, Música Clásica, Francés, Inglés y Latín, Lógica, y lo que más recuerdan sus alumnos, el famoso timbre de música clásica y las deliciosas comidas del comedor, del que Sarita y su cuñada Sonia se encargaban todo el tiempo:  “Hacer los menús, eso era un trabajo, pero con qué placer comían esos niños”. 
 
La escuela, que en algún  momento llegó a tener casi 1,000 alumnos, definitivamente marcó generaciones, personalidades como el expresidente Martín Torrijos son ejemplo de algunos de los estudiantes que pasaron por sus pasillos. Salem, quien fue el director general por varias décadas hasta su enfermedad, disfrutaba de cada uno de sus estudiantes y cada vez que tenía la oportunidad entraba en un salón de clases... “Su materia favorita era Lógica, un año, como examen final a los chicos de 5.° año les dio una hermosa carta en vez del examen, un ejemplo de su pedagogía”, comentó Sarita. Él no paraba de estudiar, de prepararse, viajar a seminarios de educación, fue su vocación hasta el último día.   
Sarita nos cuenta que visita la escuela de 3 a 4 veces por mes, visita los salones de primaria y secundaria, los de kínder, habla con los directores, las administradoras, es parte importante de su vida, del legado de su esposo. 
 
El instituto cierra sus puertas este año, pero queda grabado en la memoria de miles de chicos  que fueron inspirados por el Prof. Salem y su esposa, Sarita. Una pareja que dedicó su vida a la educación; a la educación de nuestros jóvenes panameños.  
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